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En el principal puerto están los organismos que coordinan los dos buques científicos

Publicado 05-05-2004

Con sus 60 años, Montemar -a la vuelta del “cementerio de Reñaca”- exuda historia y magia. Fue la primera estación de biología marina del Pacífico Suroriental. Ahora luce con sus pasillos gastados, en remodelación.

 

Montemar, como una cigarra marina, renace con fuerza. Ahora, giró su timón hacia la investigación aplicada. “Está en plena construcción de laboratorios con tecnología equivalente a la que existe en universidades del hemisferio norte”, según Roberto Prado, decano de la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Valparaíso.

 

Sus fortalezas

 

Pero la tradición en investigación marina en la V Región data desde mucho antes. La Oficina Hidrográfica de la Armada partió en 1874 trazando cartas náuticas. Su labor fue crucial en la Guerra del Pacífico. En 1990 cambió de nombre a “Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada” ,o SHOA.

 

Recién en 1992 la Armada consiguió su primer buque oceanográfico, el Vidal Gormaz. Está a cargo del SHOA, que se las había arreglado desde 1960 para realizar exploraciones científicas sin esta nave.

 

Hasta que la Universidad de California les cedió el Thomas Washington, un buque con más de ¡un millón de millas náuticas a cuestas! Aun así, sólo desde 1993 a 2002, el Vidal Gormaz realizó 39 cruceros. Cada día de investigación vale entre US$ 6 mil ($3.600.000) y US$ 8 mil ($4.800.000).

 

¿Y para qué sirve un buque? Es la médula espinal de la investigación del mar, sin éste no se puede realizar. Lo afirman todos los científicos entrevistados. Sólo así pueden husmear los fiordos, el fondo marino o mar adentro.

 

El doctor y capitán de fragata Rodrigo Núñez, jefe del departamento de Oceanografía del SHOA, piensa que muchos de nuestros problemas de recursos se solucionarían con estudiar mucho mejor el mar. “Al no tener información, la única manera de proteger algo es, por ejemplo, impidiendo pescar”, comenta.

 

Bien saben sobre estas carencias de cruceros oceanográficos los investigadores de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (UCV).

 

La UCV partió 10 años más tarde que Montemar su vínculo con el mar. En 1955 fundó la Escuela de Técnicos en Industrias Pesqueras, que más tarde pasaría a ser la Escuela de Ciencias del Mar. Es la única entidad chilena que dicta oceanografía como carrera de pregrado, aunque no imparte por ahora biología marina.

 

La biología marina estudia a los animales, plantas y otros organismos. Mientras que la oceanografía tiene una mirada más “amplia”: estudia los fenómenos físicos, químicos, geológicos, pesqueros y también biológicos.

 

A Juan Díaz siempre le gustó el mar, por eso postuló a la Armada. Fue rechazado. Pero encontró una rápida y feliz solución. En 1993 Díaz fue uno de los cinco jóvenes afortunados que se titularon como oceanógrafos de la UCV.

 

Ahora -doctor en geofísica- junto con Esteban Morales -también de la UCV- dirigen una investigación con fondos del Fondef de Conicyt (cuentan con $300 millones), que bien podría solucionarle un par de dolores de cabeza al gobierno: buscan gas natural en el fondo marino (hidratos de gas).

 

“La información a priori que teníamos nos indicaba que debíamos poseer abundancia de hidratos de gas. Y hemos podido confirmarlo”, cuenta Díaz.

 

Esto, gracias a los dos cruceros oceanográficos que han realizado y a la información que otros países han recabado en Chile. Lo cierto es que si contaran con más días en medio del mar utilizando sus “sonares” para poder detectar los hidratos de gas o metano, sería otra la historia. Y de aquí a que Chile pueda explotar estos recursos falta un mayor número de investigadores y muchos cientos de millones de pesos.

 

“Es como llevar a la industria minera al fondo del mar. Eso es más o menos lo que hay que entender en términos de dinero. Extraer hidratos de gas es una forma de minería, pero submarina”, aclara Díaz.

 

Eleuterio Yáñez, también de la UCV, oceanógrafo biológico y ex presidente de la Sociedad Chilena de Ciencias del Mar, está disconforme con la asignación de las cuotas de pesca. Investiga la mejor manera de calcular cuántos peces hay y cómo los buques pueden capturarlos en forma más eficiente.

 

Pide un enfoque más integral. “El método que se emplea para estipular la biomasa no se ha adaptado a la realidad”, dice.

 

Desde su oficina, con vista a la caleta El Membrillo, dice: “Nos dimos cuenta de que además de la pesca, los recursos evolucionan por el medio ambiente”; es decir, con la temperatura, la cantidad de clorofila, los vientos e incluso por las otras especies. La idea “es unirlos en un modelo único”, explica Yánez.

 

Por el momento, la determinación de la biomasa no considera ninguna de estas variables en nuestra legislación. Yáñez espera que eso cambie.

 

Inspecciones al recurso

 

En Chile, la Subsecretaría de Pesca administra la actividad pesquera y acuícola. Por ello, fija las diversas cuotas de recursos marinos que se pueden extraer.

 

El Servicio Nacional de Pesca es el encargado de resguardar que las cuotas se cumplan. Por ejemplo, este año se pueden extraer 180 mil toneladas de merluza de cola entre la V y XII Región.

 

El subsecretario de Pesca, Felipe Sandoval, preside el Fondo de Investigación Pesquera ( www.fip.cl), que está encargado de monitorear la biomasa de estos recursos. Fue creado en 1991 con la Ley de Pesca. Diversas universidades y organismos públicos postulan a este fondo.

 

Montemar del pasado

 

Parmenio Yánez, profesor de la Universidad de Chile, fundó Montemar en 1941, pero la inauguró en 1945.

 

Gracias a esta estación, esa universidad abrió la carrera de biología marina en 1953. En 1972 se cerró, aunque Montemar siguió estudiando las especies y su relación con el medio. Y su fisiología.

 

En 1981, pasó por contradicciones de la vida, a depender de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valparaíso y se sumió en la penumbra. Recién en 1999 logró su independencia.

 

El Mercurio (A)

04/05/04

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